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Fragmentos de algunos de mis textos.

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Fragmentos de algunos de mis textos.

Mensaje por LaVozDelDiablo el Lun Oct 21, 2013 8:32 am


N. del a.: Al coincidir con Nara en el gusto de escribir, me voy a atrever a publicar "algunos fragmentos" de las cosas que escribo. Espero que os gusten a todos Smile. Soy escritor amateur... así que no os extrañéis si encontráis defectos de fondo o forma Wink.






Obra: "El Dragón y la Bestia" (también conocido como "Diablo, Anticristo, Falso profeta").

Libro primero. Capítulo 1.

Despuntaba el alba en el horizonte, en las montañas que se divisaban a lo lejos, y su claridad vino rápidamente acompañada por el sonoro recibimiento de los gallos que cantaban al nuevo día. En lontananza sólo se veían, entre las sombras que llenan el mundo antes del amanecer, pastos infinitos teñidos de verde oscuro, cuyas largas espigas y briznas de hierba se movían bajo las caricias de la brisa de la mañana. Brillaron entonces, al salir el sol, las innumerables gotas de rocío nocturno que perlaban el campo, y dieron al suelo un retazo de la gloria del firmamento eterno. Todo esto veía Étienne Aubert desde la ventana de sus aposentos, maravillado con la gracia divina que Dios había puesto en cada ápice del mundo. Apartando de sus pálidas piernas el camisón con que dormía, se arrodilló en el austero reclinatorio que él mismo había situado allí para ver el exterior y comenzó a rezar.

- In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. –musitó con un hilo de voz.

Debían de ser no más de las cinco de la madrugada, pero era hombre de costumbres piadosas, y le gustaba elevar sus plegarias cuando los sirvientes del palacio papal aún dormían. Tenía la profunda convicción, pues era hombre de fe inquebrantable, de que Dios posaba sus ojos paternales en él cuando le rezaba tan sumamente temprano, en lugar de reposar en el lecho, como haría cualquier hombre de su edad y condición. Se afanó en sus rezos, feliz de poseer tan poderosa voluntad y no dejarse tentar por la maliciosa pereza. Como representante de los pecados más graves que el Ser Humano podía cometer, la dulce tentación del descanso y la ociosidad flotaba en el aire, siempre dispuesta a lanzar sus redes en el río de la vida. Pero Étienne no pensaba dejarse vencer, y siguió rezando en el más absoluto silencio durante casi media hora.

- Santidad. –llamó alguien desde la puerta, tocando suavemente con los nudillos.

- Adelante, Carlo, pasa. –respondió el Sumo Pontífice, levantándose del reclinatorio mientras terminaba de santiguarse y daba por concluidos los rezos matinales.

La puerta se abrió lentamente, y un hombre de avanzada edad, enjuto y de cabellos negros como el carbón, se adentró en los aposentos del Papa. Su rostro aparecía perfectamente afeitado y acicalado, y sin embargo había algo en su expresión que intrigó a Étienne.

- ¿Sucede algo, Carlo?

- Santidad, he venido a veros porque me han asaltado negros pensamientos durante el sueño esta noche. –manifestó Carlo, que en realidad era el secretario personal del Papa.

- ¿Qué tipo de pensamientos? –inquirió el Pontífice, buscando la ropa con la que vestirse y dejar al fin el camisón de dormir.

- Ninguno pecaminoso, Santidad. –se defendió rápidamente el secretario, meneando tristemente la cabeza- Pero he dormido muy mal.

- Puede que la comida que ingeriste durante la cena no estuviese bien cocinada. –señaló Étienne con despreocupación, vistiéndose con los hábitos papales.

- No, Santidad, no se trata de una indigestión. –contestó Carlo- Creo que hemos sido engañados.

- ¿Con respecto a qué, amigo mío?

El octogenario miró a su alrededor con aire dubitativo, como si temiese decir lo que pasaba en ese momento por su cabeza. Finalmente, se aproximó a la puerta y la cerró con llave, para girarse nuevamente hacia el Papa:

- Creo que Clemente no murió a causa de la gonorrea. –sus palabras, meditadas antes de abrirse paso a través de sus labios, fueron como un jarro de agua fría que heló la sangre de Étienne.

- ¿Qué estás diciendo, Carlo? –preguntó con incredulidad, o tal vez furia, el Pontífice- ¿Cómo osas cuestionar la autoridad de los sabios que sirven a Dios y a la Iglesia, que señalaron con inamovible ademán a la gonorrea como causa primera y última de la muerte del Cuarto Papa de Aviñón?

- Santidad. –replicó con voz humilde el anciano sirviente- Sabéis que durante toda mi vida he sido un fiel siervo de la Santa Madre Iglesia, que ha dedicado su juventud y la plenitud de sus fuerzas y de su raciocinio a llevar la Palabra de Dios a cada rincón por el que han transitado mis pies. No me condenéis sin haberme escuchado antes, os lo ruego. No como cristiano viejo, sino como amigo.

- Pides demasiado. –gruñó Inocencio, que así se llamaba Étienne en la jerarquía cristiana- Pero si Dios Todopoderoso permitió a Caín explicarse tras su aborrecible crimen, no debe un hombre negar audiencia a quien se la pide. Habla, Carlo, pero cuida que no sea Satanás quien hable por tu boca, o te arrancaré la lengua con mis propias manos.

- Conocíais bien a Clemente, Santidad. –contestó el secretario- Y sabéis, tan bien como yo, que era de espíritu alegre. Tanto, que se regocijaba con placeres que estaban más allá de la línea trazada por Jesucristo. En Francia le llamaban…

- Bon vivant. –señaló el Papa, cruzándose de brazos- Nada que no supiese ya. Ve al grano, Carlo. ¿Qué te hace pensar que no le mató la gonorrea?

- La gonorrea no causa dolores de cabeza ni debilidad. –musitó, a modo de explicación- Y éstos empezaron en el mismo momento en que el Santo Padre comenzó a indagar sobre “la estrella”.

- ¿La estrella? –preguntó Inocencio- ¿Te refieres a la que apareció en el cielo, cuando comenzó la Peste?

- Sí, Santidad. Clemente, pese a ser un bon vivant como habéis dicho, era un hombre culto e inteligente. Sabía que aquella estrella significaba algo muy distinto a lo que pensaba el populacho, y quiso descubrirlo. Mantuvo a la gente en orden, asegurando que era la ira de Dios la que causaba la Peste, mientras él buscaba el origen del mal. Entonces, enfermó misteriosamente y murió. No, Santidad: le asesinaron.

- Una historia truculenta, ¿no crees? –insistió el Papa, frotándose las sienes.

- No, no lo creo. –replicó Carlo- Estoy convencido de que la Peste es sólo la primera de las muchas calamidades que nos esperan, Santo Padre, porque hay una mano negra orquestando el final.

- ¿El final de qué, Carlo?

- El final de los días del Cordero de Dios, y el inicio de la Tribulación. El Dragón, la Bestia que fue arrojada al lago de fuego y que arrastró consigo a la tercera parte de los ángeles celestiales, ha regresado.

- ¡Blasfemas! –exclamó entonces Étienne, dando un paso atrás y señalando a su secretario con un dedo acusador- ¡Blasfemas contra Dios, Nuestro Señor!

- ¡No, Santidad! –negó Carlo a voces- ¡Es Satanás quien proyecta la sombra de la maldad y la codicia sobre nuestra Madre Iglesia! ¡Han sido sus acólitos quienes han acabado con el Santo Padre que os precedía en el cargo!

- ¡Santidad! –gritó alguien desde el otro lado de la puerta. Eran los soldados que custodiaban el palacio papal, y al oír las voces en los aposentos del Pontífice habían acudido con gran prisa para salvaguardar su integridad- ¡Santidad! ¿¡Estáis bien!? ¿¡Por qué está cerrada la puerta!?

- ¡Por favor, os lo ruego! –gimoteó el secretario, retrocediendo ante el gesto despiadado del Papa, que le señalaba acusadoramente y avanzaba hacia él con expresión triunfal.

- ¡Santidad! –insistió el guardia, comenzando a embestir contra la puerta, presumiblemente con algún tipo de ariete- ¡Entraremos por la fuerza!

- ¡Por favor…! –insistió Carlo, cada vez más aterrado, y acorralado prácticamente contra el umbral de entrada.

- Los favores los concede Dios en Su infinita misericordia, Carlo. –respondió el Pontífice, mirando con expresión felina a su antiguo amigo- Pero a ti ya no está reservado ninguno aquí, pues por tu boca habla el Maligno. Has perdido, Satanás.

La última de las embestidas de la soldadesca echó abajo, por fin, la gruesa y pesada puerta que servía para proteger al Papa mientras permanecía en su habitación privada. El chirrido fue ensordecedor al desplazarse de su eje y arrancar las bisagras del dintel, y el estrépito fue aún mayor cuando la imponente hoja metálica cayó a plomo sobre el aterrorizado octogenario. Todos y cada uno de sus frágiles huesos chasquearon bajo el descomunal peso, que provocó un repentino estallido de vísceras y carne sanguinolenta.

- Ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. –musitó Inocencio, haciendo el gesto de la cruz sobre los destrozados despojos de Carlo.

- Amén. –corearon los soldados al unísono, contemplando el fin de un siervo de Satanás. Habían vencido al Maligno. ¿O no…?








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Re: Fragmentos de algunos de mis textos.

Mensaje por LaVozDelDiablo el Mar Oct 22, 2013 6:15 am


Veo que nadie ha comentado nada Suspect  ...

Obra: "El Dragón y la Bestia". Capítulo 2.

"(...)

- ¿¡Lloras!? –vociferó el atrapado religioso- ¿¡Tus ojos derraman lágrimas, tras entregarte voluntariamente, y arrastrarme a mí a un abismo de pecado!? ¡Criatura de Satanás! ¡Eres un diablo! ¡Diablo! ¡Bruja!

Un fuerte golpe en la cara le hizo callar. El rey había levantado su mano y abofeteado con rudeza la mejilla del prior. En sus ojos brillaba el ansia de venganza, la sed de sangre y el ánimo de destrucción, y debido a ello se encogió de miedo aquel viejo monje. La voz del monarca fue autoritaria, inmisericorde:

- Bajo la protección del Santo Padre, esta niña y su acompañante vinieron a vivir bajo nuestro techo. –recordó Eduardo- Dos años, era el tiempo que Su Santidad nos pedía que las mantuviésemos con nosotros, y bien cuidadas. Todos en el palacio, y en la abadía, sabíamos cómo comportarnos con ellas. Pero, según parece, el más honorable de todos los frailes presentes en este lugar, ha sido el primero en ceder a la tentación que el Maligno pone frente a nosotros.

Los ojos del prior se cruzaron entonces con los del rey, y no hallaron grietas en su determinación. Después miraron a los de Evilith, y se encontraron con dos zafiros que relucían con el azul del mar y del cielo, y en ellos encontró un destello familiar. Era el mismo fulgor que brotaba del pozo donde Satanás estaba encerrado. El tiempo, mientras se miraban, pareció alargarse una completa eternidad de silencio ominoso. Ni siquiera podía escuchar las palabras que estaba pronunciando el monarca, al que oía en la distancia, como si estuviesen separados por cientos de leguas pese a tenerle a escasos centímetros. Sólo existían aquellos ojos azules, y la innegable malignidad que vio en el rostro de la indefensa criatura que se abrazaba con fingido miedo al rey.

- Yo te conozco. –dijo al fin el prior, y sus repentinas palabras sorprendieron incluso a los hombres de Eduardo. Señalaba, con mano temblorosa, hacia la niña- Sí, tú y yo ya nos hemos visto antes. Tú eres la Bestia, el Falso Profeta, la simiente hedionda que el Maligno depositó en el vientre puro de una inocente. ¿Me recuerdas, monstruosidad diabólica? Claro que sí, yo soy el Ministro de Dios, discípulo de San Pedro, por cuya voluntad he desterrado a los que son de tu calaña y de tu camada.

Como azotada por una mano invisible, Evilith se agitó de forma repentina, provocando que el rey la creyese asustada por culpa del prior. Exigió, pues, que guardara silencio mientras se dictaba sentencia en juicio sumarísimo. Pero el religioso continuó hablando:

- ¿Tiemblas? ¡Por supuesto! Sabes que el Altísimo me protege de ti, y perdona mis pecados pues en Su nombre limpio la Tierra de los enemigos de la fe. ¡Óyeme, pues, y teme, Satanás, negro enemigo del mundo! ¡Aquel que dijo a sus apóstoles “La paz os dejo, la paz os doy”, te ordena que te marches! ¡Vuelve a tu cubil, criatura infecta!

Ni siquiera el rey tuvo tiempo para verlo. Viejo como era, el edificio de la biblioteca contaba con grietas en algunos lugares, uno de los cuales era el techo abovedado del scriptorium. Entre gritos de sorpresa y de terror, y bajo la mirada vengativa de la pequeña niña, grandes bloques del arco superior se desprendieron y cayeron con un fuerte estrépito. Una lluvia de pesadas rocas se precipitó sobre el prior, cuyo cuerpo quedó cruelmente aplastado y sepultado para siempre. La conmoción se apoderó de los presentes, que sólo acertaron a guardar un silencio acongojado. Más tarde se ocuparían de retirar los escombros y de sacar el cuerpo exánime del religioso fallecido.

(...)"

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Re: Fragmentos de algunos de mis textos.

Mensaje por tonioreload el Mar Oct 22, 2013 6:55 am

Enhorabuena LaVozDelDiablo, tienes un gran talento, se ve que eres un chico culto y cuidadoso.

Particularmente (y que conste como una crítica constructiva), creo que a veces abusas de tu gran léxico. Ha habido algunos párrafos en los que me da la sensación de que tanta descripción absorbe el hilo narrativo... no sé si me explico. Quizás es algo muy subjetivo, siempre me han gustado las historias más sencillas, simplificadas y bien estudiadas jeje.

Posees una gran virtud, sigue desarrollándola y no lo dejes nunca, seguro que llegas lejísimos.

Un saludo crack!

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Re: Fragmentos de algunos de mis textos.

Mensaje por LaVozDelDiablo el Mar Oct 22, 2013 7:45 am

tonioreload escribió:Enhorabuena LaVozDelDiablo, tienes un gran talento, se ve que eres un chico culto y cuidadoso.

Particularmente (y que conste como una crítica constructiva), creo que a veces abusas de tu gran léxico. Ha habido algunos párrafos en los que me da la sensación de que tanta descripción absorbe el hilo narrativo... no sé si me explico. Quizás es algo muy subjetivo, siempre me han gustado las historias más sencillas, simplificadas y bien estudiadas jeje.

Posees una gran virtud, sigue desarrollándola y no lo dejes nunca, seguro que llegas lejísimos.

Un saludo crack!

Muchísimas gracias por el comentario Very Happy Las críticas son siempre bien recibidas, ¡para eso lo he expuesto! Es verdad que peco de altisonante, tendré que pulirlo, jajaja

:P Esperaba que Nara echase un vistazo y comentase algo Wink


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Re: Fragmentos de algunos de mis textos.

Mensaje por LaVozDelDiablo el Miér Oct 23, 2013 3:17 am


Obra: "El Dragón y la Bestia". Capítulo 3.

- ¿Vas a matarme, entonces? ¡Traidor! –gimió el legado papal, prácticamente atrapado bajo las enormes estanterías de bustos de mármol. Su frente estaba perlada a causa del miedo y el terror que le embargaban, pero se negó a concederle la miel de la victoria a su enemigo- Siempre supe que tus ojos ocultaban una verdad mucho más terrible que la que nos querías mostrar. La madre de ese monstruo era tu hermana, ¿verdad?

- No has llegado a viejo siendo estúpido, Álvarez. –sonrió irónicamente el romano- Sí, era mi hermana, y su pérdida fue un mal necesario.

- ¿Un mal necesario? –se horrorizó el castellano- ¡Maldito seas, Vestieri! ¡Era tu hermana, y tú permitiste que el Enemigo se apropiara de su cuerpo y de su alma! ¡Consentiste que engendrara al Anticristo!

- Para mayor gloria del Hombre. –rió el otro, cruzándose de brazos- Durante mucho tiempo, la fe en Cristo y en el Altísimo ha hecho que todos pasemos grandes penurias. Dolor, miedo, represión. Ese es el credo que tu Dios quiere mantener, y que la Madre Iglesia ha hecho perdurar a través de los tiempos. Pero las Tribulaciones han llegado a su fin, Álvarez.

El cardenal italiano dio un paso más hacia su víctima, que parecía negarse a aceptar la futilidad de enfrentarse a él. No pudo, por tanto, evitar una sonrisa maliciosa, tan terrible como la que con asiduidad aparecía en su rostro. Y tal expresión facial creció, hasta deformarse horriblemente, cuando vio que la estantería bajo la que estaba arrinconado Albornoz tenía inscrito un símbolo griego “Alfa”.

- Alfa y Omega. –rió- Símbolos del nacimiento, y de la muerte. Cuando tu religión muera, la nuestra renacerá una vez más, y con mayor fuerza de la que puedas imaginar. Habéis perseguido a los hombres y las mujeres desde que creísteis ver al Mesías en aquel al que llamáis Cristo. Vuestras hogueras y aparatos de tortura han derramado la sangre y han devorado la carne de muchos inocentes. Eso ha terminado, viejo amigo. El Dios al que tú adoras bebe esa sangre y devora esa carne, pues su fe se fundamenta en un sacrificio terrenal y espiritual sin igual, aunque es una fe erigida sobre un montón de mentiras. ¡Y vas a descubrir hasta qué punto habéis mentido, hermanos de la represión! Cuando tu alma visite al Padre Negro, entenderás dónde radica la gloria de la Creación…

- No me arrepiento de haber servido a Cristo toda mi vida. –contestó el otro. Y su voz ahora sonaba tranquila, pues en su interior tenía la convicción de poder hacer entrar en razón a aquel que había sido compañero suyo en el servicio a Dios- Y tú tampoco. Mira en tu interior, Giovanni. Recuerda la paz, el sosiego que has sentido al ofrecer tus fuerzas al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. ¡Tú amas a Cristo!

Aunque hubiera podido convencer a toda la muchedumbre que ya alcanzaba el pasillo en que ambos se encontraban, la voz de Gil Álvarez de Albornoz se silenció bruscamente. La estantería de los bustos, sujeta por gruesos clavos que impedían su movimiento, cedió con brusquedad y volcó las esculturas sobre el legado papal. Una de ellas, precisamente la del fallecido Clemente, cayó con violencia sobre su cabeza y aplastó el cráneo del religioso. La sangre manó en todas direcciones, y la vida de Albornoz terminó con la misma ferocidad con la que los enloquecidos romanos se ensañaban con Rienzi en la habitación aledaña. Nadie se salvaría esa tarde.


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